Desde Buenos Aires, Nueva Jersey o Calgary, dejaron sus casas, parejas e hijos para vivir algo distinto. En lugar de tiendas, spas o compras, eligieron un helicóptero, una montaña remota y nieve virgen. Una historia que es más que una anécdota alpina: es una oda a la amistad, la libertad y la valentía femenina en terreno inexplorado.
Vestidas con parkas brillantes, demasiado equipaje y una energía contagiosa, pisaron la plataforma de aterrizaje como si fuera una pasarela. Dejaban atrás a sus parejas, hijos y rutinas. Algunas se conocieron en el autobús desde el aeropuerto de Calgary, otras apenas minutos antes. En menos de tres horas ya compartían sus historias, sus vidas y, lo más importante, su pasión por el esquí. Ellen Slaughter, su anfitriona, las bautizó con una sonrisa: “Chicks in Choppers”.
El enclave
El Adamant Lodge, escondido entre las montañas Selkirk de Columbia Británica, sería su base. Desde allí, cada mañana, los helicópteros despegaban con cuatro esquiadoras y dos guías a bordo, hacia glaciares inmaculados donde no hay pistas, solo intuición y técnica. Allí la nieve se presenta ligera como polvo, perfecta para flotar, ideal para quienes buscan esquiar más allá de los límites.
Canadienses, estadounidenses, una argentina, una británica. De los 26 a los 51 años. Empresarias, madres, ciclistas, agentes inmobiliarias. Las unía la voluntad de vivir algo distinto. Silvana, que voló sola desde Buenos Aires tras años sin convencer a su marido. Brett, acostumbrada a esquiar con su hermano pero deseosa de hacerlo con otras mujeres. Kate, la más joven, que terminó encontrando inspiración en quienes ya habían vivido mucho más que bajadas.

La experiencia
Guiadas por la experta Alison Andrews y respaldadas por el atento Jeff Bodnarchuk, se enfrentaron a desafíos físicos y emocionales: siete horas diarias en nieve virgen, saltos breves en helicóptero, curvas sobre glaciares, y un cansancio que se diluía con carcajadas, baños termales y vino al final del día. No todas aguantaron lo mismo. Algunas regresaban antes. Otras lo daban todo hasta el último descenso.
El vínculo
Entre descensos y bromas, surgió algo más fuerte que la nieve que las rodeaba: la complicidad. Compartieron chistes, trucos, miedos y también necesidades básicas sin tapujos. Cuando la naturaleza apremiaba, se organizaban en filas para hacer pipí al aire libre, obligando a los guías hombres a mirar hacia otro lado. La nieve no era solo el terreno, era el escenario donde cada una, a su manera, volvía a encontrarse consigo misma.
El descanso
Después de cada jornada, las camas del lodge, los masajes y las cenas en mesas comunales eran el remate perfecto. Con una copa de vino en la mano y los cuádriceps al límite, comentaban la técnica, los sustos, la belleza del día. Todo mientras fuera, en la oscuridad, los alces y las águilas custodiaban un territorio donde no se escucha más que el viento.
¿Repetirían? Todas. Shauna, la bromista, ya planeaba volver. Silvana quería llevar a su esposo. Brett buscaba una experiencia mixta. Kate, aún procesando lo vivido, entendía que había aprendido más sobre la vida que sobre el esquí. Porque entre helicópteros, montañas y risas, se dieron cuenta de que esta aventura no era solo una escapada, era una conquista. Y ellas, sin duda, también hacen historia sobre la nieve.






