En Courchevel 1850, Le Chabichou se erige como un referente mundial de la alta cocina. Dos estrellas Michelin, la visión del chef Stéphane Buron y una historia de más de medio siglo lo convierten en un viaje sensorial que une la montaña y la excelencia.
“¡Vengan rápido, estoy saboreando las estrellas!”, exclamó Dom Pérignon al descubrir el champán. Una frase que bien podría describir lo que sucede cada día en Le Chabichou, en pleno Courchevel 1850. Situado a pie de pista, con su fachada blanca que resalta sobre el paisaje nevado, este restaurante lleva décadas demostrando que las estrellas no solo se encuentran en el cielo.
Fundado en 1963 como hotel y restaurante, Le Chabichou nació de la mano de Maryse y Michel Rochedy, quienes supieron crear un espacio único donde hospitalidad y cocina se unieran en un todo. Maryse recibía a los huéspedes como Maître de Maison con calidez y cercanía; Michel, desde la cocina, elevaba cada receta hasta lo inolvidable. Esa combinación mágica fue la semilla de un mito alpino que pronto cosechó reconocimiento, la primera estrella Michelin llegó en 1979, y la segunda en 1984.
Con el paso del tiempo, algunos se preguntaron si el espíritu de Le Chabichou resistiría los cambios de propietarios y generaciones. La respuesta es un rotundo sí. Tras más de tres décadas de trabajo conjunto, Michel Rochedy cedió el testigo a su protegido, el chef Stéphane Buron, uno de los grandes talentos de la gastronomía francesa.
Buron no solo heredó un templo culinario, también lo enriqueció con su propia visión. Galardonado con la distinción “Meilleur Ouvrier de France (MOF)”, el título más prestigioso para los artesanos franceses, y premiado con la “Toque de l’Année” 2021, Buron ha mantenido intacta la esencia del restaurante: respeto absoluto por el producto, creatividad al servicio del sabor y una obsesión por la perfección que roza lo artístico.
Hoy, el hotel está bajo la supervisión del empresario Jean-Claude Lavorel, dueño de la lujosa colección Lavorel Hotels. Pero el alma culinaria sigue siendo obra de Buron, quien cada temporada demuestra que la tradición puede convivir con la modernidad sin perder un ápice de autenticidad.
El escenario alpino
El encanto de Le Chabichou no se limita a su cocina. Su localización, justo al pie de las pistas de Courchevel 1850, lo convierte en un lugar casi magnético. Desde la terraza exterior, bañada en música de jazz en vivo, los comensales sienten cómo la experiencia trasciende lo gastronómico. Los músicos, convierten la tarde en una fiesta elegante y desenfadada. Almorzar aquí es casi un ritual: se prolonga hasta la tarde, mientras copas de champán, cócteles o whiskys acompañan la conversación y la nieve sigue cayendo al otro lado del ventanal.

Los clientes veteranos recuerdan el ambiente clásico con manteles blancos, lámparas de araña y tonos intensos en rojos y dorados. Tras la renovación de ocho meses, Le Chabichou exhibe hoy un aire contemporáneo, con mesas de cristal y sillas elegantes, pero sin perder su autenticidad, vigas de madera originales, ventanales amplios y la calidez de un chalet de lujo.
La mesa junto a la cocina, un espectáculo
Entre las mesas, hay una en particular que representa la esencia de Le Chabichou, la mesa junto a la cocina. Quienes la ocupan disfrutan no solo de platos excepcionales, sino también del espectáculo en directo del chef Buron y su brigada. Cada gesto, cada movimiento, revela un respeto absoluto por los ingredientes. Para el chef, visitar productores locales y adaptar su carta hasta ocho veces al año es su identidad.

La propuesta gastronómica es tan dinámica como las montañas que lo rodean. El menú varía con las estaciones, sorprendiendo incluso a los comensales habituales, muchos de ellos dueños de chalets en CourchevelUn menú que se reinventa con las estaciones
Vinos saboyanos y quesos locales
La experiencia se enriquece con una carta de vinos cuidadosamente seleccionada por el sumiller de confianza. Los blancos saboyanos realzan la frescura de los pescados, mientras que los tintos robustos acompañan platos de caza y carnes. El broche final llega con una carta de quesos 100 % saboyanos, un homenaje a la tradición local que conecta la alta cocina con sus raíces.






